La lesbiana violenta
Hace un tiempo me encontré a mi misma usando la palabra "heterogeneidad" en relación a "opiniones internas" de mujeres en ciertos espacios del feminismo radical en torno a la temática de la lesbiandad. Con el pasar de las horas empezó a hacerme ruido la mente y me pregunté honesta ¿por qué elegí esa palabra tan rara? ¿por qué dije heterogeneidad?... ¿quise decir lesbofobia? ¿si es así, por qué tinturé de diversidad la agresión abierta o no, a las lesbianas? ¿por qué quise proteger, por ejemplo, a quienes preferirían verme amando hombres?
"Ciertos espacios en el feminismo radical tienen más.. heterogeneidad de opiniones sobre los espacios lésbicos y el lugar de las lesbianas" habré dicho, incómoda.
Y siguió acrecentando la incomodidad mientras pasaban los días. Por primera vez me había sentido una directa cómplice de esconder de forma tan abierta y a la vez silenciosa la profunda violencia que se da en espacios feministas al feminismo lésbico. Me sentí incómoda de aportar tan espontaneamente a mi propa invisibilización y cómplice de lavar actitudes constantes y cínicas de todo un movimiento. Traté de ser comprensiva y comencé a repensar porqué había elegido ablandar mi molestia, porqué me nació suavizar todo lo que sucedía en palabras tan plásticas y cómodas. Entonces obvio, me respondí a mi misma: traté de ser amable. Qué fuerte, pensé, y compartí todo con mi novia, que parecía sorprendida de la situación absurda y de la elección rebuscada de palabras para evadir el conflicto.
Traté de ser una lesbiana simpática, carismática, liviana. Una lesbiana de esas que no usan mucho espacio. Aún sabiendo que eso es a costa de aplastar la propia voz. De esas que escuchan atentas, que entienden y comprenden, que atienden y abrazan, que no interrumpen ni critican, cuya rebeldía tiene el límite de el amor que le tenga la del lado al hombre de turno.
Amable y no incomodar.
Amable y no estorbar.
Amable y no agredir.
Porque las lesbianas somos constantemente vistas con recelo en el feminismo heterosexual que se pretende neutro, y somos, en esa línea, sospechosas en cada segundo que pasa como "lo otro", en sentido de lo otro potencialmente hostil, como amenaza disfrazada de lejanía, tratadas con cuidado a petición de silencio. Y una tarda en visualizar su propia lesbofobia al temerle tanto al lugar de lesbiana hostil, condición inherente que cada lesbiana lleva en sí en tanto acuerpa la revolución más grande, y es vista con recelo por eso. Y más importante, una tarda en reconocerse sin vergüenza como una individua correcta afirmada en su propia lesbiandad, y con ello, en dimensionar su propio tamaño en esos espacios donde cada partícula del ser atenta rompiendo su ideal heterosexual sagrado máximo de su condición neutra. Por otro lado, el espacio ofrecido a cambio de habitarlo como lesbiana es la invisibilización, ese lugar desactivado, el de la santa, amorosa, pedagógica, asexuada, capaz de comprender, ceder y callar, de no ser la lesbiana agresora, acosadora y comparable a un hombre.
Y pensé mucho en cómo elaborar un cierre a esta experiencia, pensé demasiado en construir algo benéfico desde aquí hasta que me di cuenta que no pretendo otra lavada de cara al amor a los hombres que tanto nos ha quitado ni a las mujeres que los aman. Me di cuenta que toda la experiencia funcionó más bien como una epifanía incómoda, sobre cuán hondo pretende ir la lesbofobia si no sabemos ver lo que nos hace a tiempo, y de cuán necesario son los espacios lésbicos lejos, muy lejos del silencio cómplice, el aislamiento, la violencia y la internalización de esa violencia, cuyos responsables bien conocemos, y negamos cuidar.
Comentarios
Publicar un comentario