Feminismo del despensamiento y la importancia de hacerse cargo
En cada serie de fortalecimiento activista, el feminismo (tanto el lésbico como el heterosexual), funcionaba como un conjunto de movimientos que actuaban por la construcción de herramientas, espacios y pequeñas ventajas/ventanas de resistencia para las mujeres (con mayor o menor amplitud de sujeto político). Y con algunos puntos guías, como la existencia de un sistema-mundo patriarcal, poseía diferentes frentes, modos, debates y reivindicaciones, desde los cuales se luchaba públicamente y se pretendía influir en el mundo real a partir de la potencia creativa y objetivos de cada frente y movimiento.
Hoy por hoy, con la violenta vuelta de la derecha a nivel global y el feminismo lésbico radical decaído, se le da espacio al “feminismo” blanco y posmoderno para acomodarse en las ofertas neoliberales del discurso individualista y sentimentaloide que “crea realidad” y se infiltra en los modos en los que construimos y vinculamos, exigiendo después de todo, la misma feminidad que decimos desaprender. Y es desde ese lugar asfixiante, que, bajo mi punto de vista, nos debemos una reflexión para darle sentido e historia a los espacios que quedan y que pueden nacer.
Es por eso que me interesa preguntarnos:
¿De dónde venimos?
Sin romantizar ni discapacitar.
El feminismo lésbico no comenzó ni descubrió su finalidad o su verdad en el discurso de una veinteañera que quiere enseñarle a lesbianas a ser lesbiana. Años atrás mujeres lesbianas levantaron (y siguen levantando) banderas con diferentes exigencias, viviendo diferentes vidas y eligiendo desde su experiencia real, congruencia personal e inteligencia. No hablamos de una suerte de “pre-historia”, las mujeres que hoy el feminismo lésbico llama “históricas” (irónicamente actuando como si pertenecieran al pasado) siguen escribiendo, insistiendo y existiendo, sólo que ya no son la voz de la rebeldía juvenil y tal vez sin deseo de validar como gustaría. Y es que tal vez nos tomamos esto de “pararnos sobre los hombros de gigantas” muy en serio, tanto, que actuando o no como fangirls creímos ser más altas que ellas, mientras las pisamos, en presente. En este caso me autopermitito opinar que no hacer aporta; dejar de silenciar a quien no te gusta, sirve. La autoridad situada, circunscripta en la experiencia, se reconoce y merece respeto, no estupidización o permisos de la voz joven sacralizante.
Valga decir: la experiencia no se cancela porque incomode, ni la autoridad se invalida porque no se parezca a una misma o no nos guste la idea real sobre la cual otra puede saber más y mejor.
Lejos de las autoridades masculinas masivas y la gran madre fantasmática (que nada tiene que ver con la que te mantiene para que escribas de feminismo) la voz fuerte, firme y de autoridad real de mujer con intelecto y experiencia específica merece ser reconocida y nombrada.
Venimos de muchas, somos muchas, no sólo las que nos caen bien o nos siguen el discurso.
¿Dónde estamos?
Con el compromiso de dejar de mentirnos.
Nos encontramos adentradas en una larva histórica nacida del efecto del posmodernismo desmantelando las bases de verdades universales y propósito existencial, creando un territorio fértil para el neoliberalismo, que promueve lógicas individualistas y masturbatorias como formas de organizar la vida en un mundo que se nos presenta fragmentado, angustiante y hostil. Fomentando así el surgimiento de dos frentes; espacios autocentrados, identitarios y basados en lógicas de caridad circular y sostén emocional y por otro lado grupalidades o individualidades drenadas, cansadas de la ciclicidad o víctimas paralizadas del propio romanticismo irónicamente parejil de los espacios lésbico-feministas.
Es difícil, en ese sentido, describir el feminismo lésbico por fuera de los espacios autocentrados y aquellas que renuncian o son expulsadas al disentir con ellos. Sin embargo, me atrevo a decir (y sin ánimo de plantar una respuesta única) que lo que define hoy al feminismo lésbico por fuera de conceptos infértiles y vacíos como “amor” o “nosotras mismas” es la heterogeneidad, aunque negada y cada vez con menos permiso a ejercerla. Las redes sociales en conjunto a discursos masturbatorios sentimentales y aislados nos han ahogado en necesidad de homogeneización y validación crónica, cuando lo que necesitamos es reconocimiento de la diferencia, crítica, objetivo y estructura para alcanzar esos objetivos.
El feminismo no tiene otra opción con sentido que construirse en la diversidad que hay y que muchas veces se intenta anular, culminando en esta suerte de plasta homogeneizante, deshonesta y romántica; como un espacio masturbatorio que finge igualdad, la pertenencia compra silencio y todo lo que no sea validación o implique rechazo se castiga como traición personal. Abundan conceptualizaciones; “amarnos, nombrarnos, sentirnos” e ideas sobre “comunidad” “cuerpo” y “sentipensares” que no solo no se entienden ni explican, sino más importante: no alcanzan ni producen nada real que vaya más allá de un show performático de autonombramiento, roles femeninos y lírica emocional. Y ahí radica otra vez la importancia de nombrar a la otra, pero para nombrar a la otra hay que reconocer su diferencia y su humanidad, no como gesto afectivo-romántico ni amistoso, sino como política de respeto hacia sus decisiones, historia, capacidad, creación y conocimiento.
Además de la heterogeneidad, el común denominador de cualquier movimiento revolucionario por excelencia siempre fue la insuficiencia del estado de las cosas, insuficiencia que a su vez la lógica posmoderna insiste en negar en el nombre de la realidad autodeterminada. Insuficiencia como idea sobre la cual el mundo que las mujeres habitamos no es suficiente y algo debe modificarse porque nos acosan, amenazan, maltratan, asesinan, trafican, silencian, intercambian y violan, por ser mujeres y porque son hombres, importante denominador que le da sentido, lugar y fuerza a la existencia del movimiento lésbico-feminista.
Cabe preguntar desde aquí con ánimo a potenciar la ruptura de burbuja; ¿si tu mundo es suficiente, si la suficiencia está dada por el poder del amor, la validación y la comunidad, qué sentido tiene el feminismo? ¿para qué es el feminismo, si todo está bien cuando merendamos entre amigas, recibimos caridad, tomamos cerveza, sumamos una nueva, nos masturbamos y compramos posters de Mary Daly? ¿Será que quizás el mundo puede ser más grande que el ego?
3. ¿Para dónde se puede ir?
Sin objetivos, a ninguna parte. Con objetivos, a tantos lugares como definamos los espacios diversos y adecuadamente enfocados. Sin embargo algo es seguro: si el objetivo ya lo obtuvimos, el feminismo es un hobbie y estamos súper, entonces es claro: vamos a ninguna parte. Si le vemos sentido al feminismo como praxis quizás un primer paso sería; volver a las bases e intentar romper la inercia individual y las tendencias romántico-sectarias.
Objetivo solo posible en tanto seamos lo suficientemente valientes para hacernos cargo del pasado, del presente y de algún espacio del futuro que pretendamos crear. Para ello será necesario:
1. Reconocer y atentar contra los efectos de un sistema fragmentado y superfluo (en una misma y en las demás). Retomo: Un sistema aislante, vacío de horizonte, adicto a la validación superflua y palabrerío intenso mutilado de profundidad y capacidad explicativa. De otro modo, mantendremos lo que hoy se llama feminismo en ese lodo infantil y deprimente: un espacio de autorreferencia, performance y rencores aplastados, donde toda crítica se seguirá viviendo como violencia, todo desencuentro como infidelidad femenina y todo uso de palabra como mantra vacío. Reconocer los efectos y producir en su contra, nos llamará quizás entonces a la producción artesanal, explicando y corrigiendo esos conceptos que preconcebimos y repetimos, creando palabra honesta y entonces dándole sentido al compartir con otras, permitiendo construir desde la dignidad intelectual. Porque nuestro tiempo, escucha, pensamiento y palabra puede tener valor, transparencia y contenido vincular real.
2. Ponerle límite a la deshonestidad que tanto apuntamos hacia afuera pero jamás hacia adentro. Así, quizás empezamos a asumir responsabilidad política con o sin red y sin aplauso final. Porque la pregunta que nos tenemos que empezar a hacer no es “¿cómo me sentiría mejor?” sino “¿qué hice con mis vínculos (no mis fans, no mis amigas) en el nombre de un activismo personal? ¿para qué?” o “¿qué es eso que hice y de lo cual no me quiero hacer cargo?” Así, quizás logremos comenzar a asumir responsabilidad política, sin aplausos. Un movimiento de mujeres que no toleran pedir disculpas sin esperar amor femenino como respuesta ni toleran críticas sin hacer control de tono no está “cuidándose desde el amor y la pertenencia constructiva”, está siendo desactivado por quienes dicen llevarlo a cabo.
3. Dejar de esperar validación para actuar y confundir pertenencia femenina patriarcal con política. Porque hacerse cargo no debe ser un gesto identitario ni un ejercicio romántico de “ponerse la camiseta en el nombre del amor”. Es aceptar que el mundo que habitamos es insuficiente y que ninguna narrativa de amor, comunidad o validación personal lo vuelve habitable por sí sola. Hay que recordar que el feminismo no nos debe calma o congelamiento en el espacio privado al que la historia nos recluyó, como también recordar que es teoría y práxis denunciante y transformadora de condiciones que contribuyan la opresión de las mujeres como clase sexual. Un movimiento transformador no puede ni debe seguir funcionando como un refugio emocional ni como identidad para administrar afectos; debe ser una práctica que reconozca la importancia del espacio público y el afuera, rememorando y honrando su historia, exigiendo posición, resuelva (y no solo reconozca) conflictos, apunte a objetivos y construya lejos de la verticalidad y la homogeneización: desde muchos pequeños espacios.
Finalmente, este repaso se resume en que no hay práctica emancipatoria sin hacernos cargo y reconocer la necesidad de estructura crítica, hacia el pasado, presente y el futuro. Puede implicar en principio reconocer que somos parte de un engranaje que no está funcionando y decidir, con o sin respaldo, decir verdad sobre el pasado, sobre el mundo, sobre nosotras y sobre lo que estamos dispuestas a producir para otras y con otras en el mundo real.
Como advierte Audre Lorde, es en la interdependencia de las diferencias (no en su supresión) donde se permite producir conocimiento, autenticidad y cambio. Y también, reconociendo esa diferencia es como se logra colaborar en la medida de lo necesario y funcional para intereses comunes.
Es por ello que hacerse cargo no es un valor moral ni una consigna épica de las tantas que apuntan a glamourificar lo verbal: es una condición mínima que apunta a abrir puerta al acto. Porque nadie va a transformar este engranaje por nosotras mientras pintamos mandalas entre cuatro paredes jugando a la amora y porque la comodidad con el estado de las cosas (aunque se vista de discurso ético-crítico) sigue siendo una forma eficaz de reproducción del orden que decimos combatir.
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